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Desinhibidos y ordenados

No importa si fueron 18,000 o 20,000 o 22,000 los mexicanos que perdieron toda clase de inhibiciones, inseguridades y morbo, lo importante es que demostraron civilidad, respeto y tolerancia, y, de paso, batieron un récord mundial de más cuerpos desnudos al mismo tiempo.

Entre 18,000 y 20,000 mexicanos perdieron toda clase de inhibiciones, inseguridades y morbo y, en cambio, ganaron en respeto y orden, al desnudarse en el Zócalo capitalino ante la lente del fotógrafo neoyorquino Spencer Tunick.

Por mucho se rompió el récord de asistentes para una instalación de esta naturaleza, el cual hasta antes de ayer ostentaba Barcelona y sus 7,000 nudistas del 2003.

Desde antes de las cuatro y media de la madrugada ya miles de personas se encontraban congregadas en el Centro Histórico, con el firme objetivo de formar parte de esta obra de arte y, con mucha puntualidad, una vez que cada quien se encontraba ya en su sitio asignado, comenzaron las instrucciones. Una mezcla de lógico nerviosismo y entusiasmo inundó al Zócalo.

Para engañar al sueño y amenizar la espera, en un ambiente festivo, la multitud echó porras y vítores a todo lo que se le pudiera ocurrir: desde el cántico “Spencer, hermano, ya eres mexicano”, hasta varios “Goyas” y el clásico “¡México, México!” La ola por supuesto también se hizo presente, y hasta a algunos mirones que vigilaban desde sus balcones les tocó la gritería… “¡Que se encueren, que se encueren!”, clamaba la (aún vestida) concurrencia.

Alrededor de las siete de la mañana, Tunick comenzó a dar instrucciones previas al desnudamiento. La ropa debía quedarse en el lugar que la gente ocupaba en ese momento y, posteriormente, acudir con calma a la plancha del Zócalo.

“Empezaremos en cinco minutos”, dijo Tunick y, entonces sí, la adrenalina se dejó sentir por todas partes. Y efectivamente, a los cinco minutos se dio la esperada orden de desnudarse. Un momento que podría parecer embarazoso, se transformó más bien en una verdadera fiesta. Una fiesta en la que los mexicanos se olvidaron de diferencias y tabús, y comprendieron la belleza del cuerpo, de la que el mismo Spencer habla.

Viejos, jóvenes, altos, gordos, guapas y hasta alguna que otra embarazada, en muy poco tiempo cubrieron la principal plaza de la ciudad, en perfectas hileras. Tunick, quien desde el punto estratégico que escogió tenía una mejor visión de la instalación, pidió algunos pequeños ajustes, e inmediatamente dio paso a las fotografías.

Las tres posiciones que habían sido previamente anunciadas fueron llevadas a cabo con relativa rapidez: la A (de pie, mirando hacia el frente), para la cual el fotógrafo pidió colocar la mano en el pecho, en un tradicional saludo a la bandera; la B (acostados boca arriba) en la que Tunick decidió que todos quedaran con la cabeza hacia el asta central; y finalmente la C (sobre las rodillas, con la cabeza sobre los muslos), en dirección a la Catedral.

Terminadas esas tomas, el artista siguió ensayando otras más, mientras la calle 20 de noviembre se atiborraba también de cuerpos desnudos.

Cerca de las ocho y media de la mañana, Spencer Tunick anunció que los hombres ya podían vestirse, mas invitaba a las damas a volver a la plancha, para unas tomas extras.

Quizá la vulnerabilidad que representa la desnudez, el ánimo por formar parte de una obra artística, o simplemente el afrontar una experiencia única, fueron algunas de las razones por las cuales, a pesar de lo que se hubiera podido creer a priori, la participación, en general, fue impecable e indudablemente digna.

Sé que nunca en mi vida volveré a estar desnudo junto a otros miles de mujeres y hombres también desnudos. Es difícil de explicar lo que se siente, es simplemente mágico: personas que nunca has visto te miran con curiosidad y tú a ellos, pero de un modo muy natural, casi inocente.

De pronto tu cuerpo -al que el día anterior le descubriste una barriga más pronunciada o una nueva arruga- deja de obsesionarte y, por el contrario, comienzas a sentirlo completamente tuyo, sin límites. Vaya… en una de esas hasta presumible.

Fuente: Pedro Sánchez / El Economista.com.mx
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